El PRECEPTO DE NO COMBINAR LECHE CON CARNE.
La Torá repite tres veces la prohibición de cocinar al cabrito en la leche de
su madre: Éxodo 23:19, 34:26 y Deuteronomio 14:21. Y los antiguos sabios se
preguntaron el por qué de esta redundancia, bajo la convicción de que las cosas
en la Torá no se repiten nada más porque sí.
La respuesta que propusieron es que esta prohibición abarca tres niveles
diferentes: el más elemental se refiere a la mezcla de un cabrito y la leche de
su madre; el intermedio, a la mezcla degustativa (el sabor) de la leche
mezclada con la carne; el último, a la mezcla nutritiva de los lácteos y los
cárnicos.
La razón es muy simple: la leche representa la vida; la carne, la muerte.
La premisa inicial es que sería un gesto cruel cocinar a una creatura en la
leche que tenía que haberlo nutrido. Pero no sólo es un gesto cruel: se trata,
además, de una incomprensión de la naturaleza de las cosas, y más aún, de la
naturaleza del equilibrio entre la vida y la muerte.
AM SEGULÁ, generalmente traducido como Pueblo Elegido, también puede ser
traducido como Pueblo del Equilibrio, o Pueblo en Equilibrio.
Cuando el judío come, entiende que come vida o muerte. Ambos aspectos son
partes de la vida, y en esencia, uno no es mejor que el otro. Simplemente, se
debe saber cómo se alternan, como se usan, como se enfrentan. Y eso inicia
desde el acto mismo de comer. Es por eso que la Torá prohibe mezclar la vida y
la muerte.
Aquí, como en otros temas, el problema es el criterio para definir lo que
representa la Torá en la vida del judío.
El hecho de que Otras Religiones entiendan Torá como "Ley" en
el sentido de "código que debe cumplirse", provoca que caigan en el
error de suponer que las prohibiciones o instrucciones dadas por la Torá son el
límite de la conducta humana. Por lo tanto, si la Torá prohible cocinar un
cabrito en la leche de su madre, significa que sólo está prohibido cocinar a un
cabrito en la leche de su madre. Por lo tanto, cualquier otra mezcla de carne y
leche está permitida.
El Judaísmo no entiende las cosas así. El Judaísmo sabe que la Torá es, ante
todo, "enseñanza". Por lo tanto, sus prohibiciones e instrucciones no
son el límite de nuestra conducta, sino el punto de partida de nuestros
criterios. Por lo tanto, el hecho de que una prohibición aparezca tres veces en
el texto de la Torá implica que no nos tenemos que quedar en la interpretación
superficial, sino descifrar las implicaciones totales del tema.
Se podría argumentar: si D-os hubiera querido que nadie comiera carne y leche
al mismo tiempo, lo habría dicho.
Falso: D-os también quiere que nosotros mismos aprendamos a descifrar la vida y
sus misterios. Si D-os hubiera querido darnos ya todo resuelto y en forma de
receta, entonces la Torá sería un libro interminable.
¿Tenemos pruebas de que este tipo de razonamientos son válidos? Las tenemos.
Por ejemplo, la Torá ordena construir un Tabernáculo. Sin embargo, hubo un
momento en que éste fue sustituido por el Templo. El Tabernáculo era
itinerante. El Templo no. El Tabernáculo tenía medidas precisas. El Templo tuvo
medidas diferentes. ¿Por qué el Judaísmo antiguo, bíblico, aceptó la
sustitución de lo que D-os había ordenado, por algo que se le ocurrió a David?
Porque es válido tomar las instrucciones de D-os, razonarlas, y llevarlas a
niveles más profundos.
No sirve decir que "si D-os hubiera querido un Templo, lo habría
dicho". El caso bíblico allí está: D-os jamás ordenó la construcción de un
Templo. Sin embargo, se agradó en el proyecto del rey David, llevado a la
práctica por su hijo Salomón.
Las instrucciones de la Torá no son el límite de nuestra conducta. Son apenas
el inicio de nuestra reflexión. La Biblia no es un recetario. Es la enseñanza
que nos muestra cómo operan la vida y la muerte en sus aspectos escenciales.
Nosotros tenemos que saber aplicar esa enseñanza en nuestra realidad.
Suponer que las reglas rabínicas del Kashrut, que prohíben mezclar carne con
lácteos, violentan la Torá, es un total error. Las reglas del Kashrut serían
erróneas si al final de cuentas su aplicación permitiera cocinar al cabrito en
la leche de su madre (en realidad, es lo que le pasa a los Mesiánicos y
Netzaritas: la Torá dice que la sangre de un ser humano no debe ser derramada,
y que cada uno debe morir por sus propios pecados; pero sus razonamientos
llegan a la conclusión final de que D-os quiso que la sangre de una persona
fuera derramada, para que de ese modo pagara por los pecados de los demás; allí
sí se llega a la CONTRADICCIÓN TOTAL de lo establecido por la Torá). Pero sucede
todo lo contrario: el que obedece el Kashrut, bajo ninguna circunstancia -ni
siquiera por error- cocinará al cabrito en la leche de su madre. Queda
garantizado, entonces, la obediencia a lo ordenado por la Biblia.
¿Por qué la idea de no mezclar lo vivo con lo muerto debe llevarse hasta sus
últimas consecuencias? Porque, de lo contrario, la Torá queda reducida a un
concepto teórico. Si yo digo: "ya entendía lo que representa el cabrito y
la leche; bien, no voy a comer cabrito cocinado en la leche de su madre, pero
voy a mezclar cualquier otro tipo de carne -animal muerto- con leche -animal
vivo-", significa que estoy reduciendo lo que entendí a un mero concepto
abstracto, simbólico. Y la Torá debe ser llevada, siempre, al nivel práctico.
Por eso, quien verdaderamente entiende lo que representa un cabrito y lo que
representa la leche, entiende que TODA SU MANERA DE VIVIR (y, concretamente, de
comer) debe estar beneficiada y mejorada por ese entendimiento.
Esa es una de las diferencias inherentes a otras religiones y Judaísmo. Otras religiones se detienen ante lo que dice el texto bíblico. El judío sabe que dicho
texto, en realidad, es el punto de partida.
Cierto: en la antigüedad, hubo tendencias del Judaísmo -especialmente, de
origen sacerdotal- que mantuvieron una postura similar a la que hoy quieren
asumir Religiones Actuales y vieron en el texto de la Torá el punto final
del criterio judío. Por cierto, fueron esas tendencias las que desaparecieron
en la Historia.
La Torá dice que el objetivo es vivir: "A los cielos y a la tierra llamo
hoy como testigos contra ustedes, que os he puesto delante la vida y la muerte,
la bendición y la maldición. ESCOGE, PUES, LA VIDA para que vivas tú y tus
hijos". Deuteronomio 30:19.
Las antiguas tendencias sacerdotales nunca aceptaron el criterio Fariseo de que
la Torá no era un punto final, sino un punto de inicio. Se extinguieron.
El Fariseísmo, en cambio, dirigió al Judaísmo durante los dos mil años más
oscuros de su historia, y se llegó a buen puerto al final. Incluso, los
sobrevivientes de la Casta Sacerdotal se asimilaron a los modos fariseos.
La Historia demuestra que, en ese momento crítico que fue el año 70 cuando
Jerusalén y el Templo fueron destruidos, el judaísmo que entendió bien cómo
hacer de la Torá un recurso para la vida fue el Fariseo.
Ese mismo que prohibió mezclar la carne y la leche, la muerte y la vida. Ese
mismo que -demostrado por la experiencia de dos mil años- supo interpretar
correctamente el texto bíblico.